domingo, 19 de marzo de 2017

MIENGO: RUTA COSTERA

En mi afán por recorrer la costa cántabra, esta vez nos fuimos a la costa del ayuntamiento de Miengo, desde la ría de Mogro, donde desemboca el río Pas, hasta la ría de San Martín de la Arena, desembocadura del Saja (al otro lado de esta ría está Suances, como os conté aquí). Tengo que aclarar que esta ruta la hicimos en diciembre pero se me quedó traspapelada.
Cuando llegábamos en el coche, ya teníamos esta perspectiva, bonita, ¿no?:
Lo primero, como suele ser nuestra costumbre, tomamos un vermouth en un bar del pueblo de Miengo, donde dejamos el coche, junto al ayuntamiento y a la iglesia, la que se ve con la torre blanca en la foto anterior. 
Empezamos a andar buscando la costa.  Enseguida encontramos un sendero que la bordea. Una preciosa mañana, sin duda. El paisaje, idílico:
Enfrente la playa de Liencres, un amplio arenal, dentro del Parque Natural de las Dunas de Liencres:
El reflejo del sol parecía impedirnos disfrutar de aquella serenidad:

Tampoco el pino podía mantener el sol a raya:
Pasamos junto al Centro Ecuestre de Robayera, el olor los delataba, jajaja. Aquí el muchacho, esforzándose por ver más allá, y no sabe cómo potenciar su vista (es broma, que tenía los prismáticos):
Llegamos a la pequeña playa de Robayera, que supongo que desaparecerá con las mareas altas. Al fondo, la Punta del Águila:
Perspectiva de la curva de la ría:
Detalle del monte la Picota, hasta donde se puede hacer otra bonita excursión en esta zona. Estuvimos hace años y las vistas hacia aquí, hacia la ría, son espectaculares:
Ahora seguimos en dirección oeste, por un camino rocoso. Buscamos un sitio cómodo y resguardado (y con vistas) para comer nuestro bocadillo. Nunca me cansa ver las olas del mar, que nunca se repiten, que juegan con el acantilado, que cambian de tonalidad constantemente:

Aunque claro, todo depende del color del cristal con que se mire...
Después de tener que pelearnos y obligar a un perro para que volviera con su dueña, que se hizo nuestro mejor primer amigo (o eso, o nos quería comer el bocata, no sé), continuamos saltando entre piedras.:
Pero en cualquier momento podías asombrarte con el espectáculo. Arco iris en las olas, ¿os imagináis qué belleza? Pude captar este trozo, pero vimos alguno completamente redondo:
Aquí, el cerramiento de la casa dirige el camino, ¿o será al revés? Nunca entenderé el criterio de la Ley de Costas. Eso sí, quién pudiera vivir en aquel casoplón...!!!
Las luces y las sombras:

Enseguida llegamos a la playa de Usgo, de 300 m. de largo, encajada entre acantilados, muy peligrosa por el fuerte oleaje y la resaca. Estuvimos un rato fijándonos en las formas que esta daba a las olas (fijaos en la parte blanquecina de las olas, la de la espumilla), que aunque en ese momento no eran muy grandes, sí se formaban remolinos, espirales,..., una gozada para los sentidos: 
 Atravesamos el pequeño aparcamiento que hay junto a ella y pasamos al otro lado, buscando de nuevo la cercanía al litoral. No cogimos el camino que bordea la playa, siguiendo una gran tubería. Por cierto, esa tubería trae desde Solvay, una empresa de Torrelavega, sus residuos de fluoruro cálcico que vierte al mar un poco más adentro de la playa. Esto no lo sabía y me ha sorprendido mucho. Creía que algo como esto ya no se hacía. Ya sé que no son vertidos cancerígenos, pero supongo que serán, cuando menos, contaminantes. De hecho el color tan intenso de esta playa es debido precisamente a este vertido. En fin, para bañarme no sería una de mis elecciones... Cruzamos al otro lado, donde nada impide que un 10 de diciembre haya estos arbustos tan coloridos:
Esta es la playa vista desde arriba:
 A partir de aquí pasamos una pradera; las rocas, de momento, desaparecieron. Y no hay prado que se precie que no tenga algún cerramiento de alambre de espino. Y este alambre pincha, así que hay que tirarse al suelo. Oportunidad única para sacar una foto. Anduve lista, que primero me las hizo él a mí, eso sí, yo crucé, digamos que en posición invertida, o sea, culo arriba, con poco glamour, la verdad, jajaja:
 Pero me recuperé enseguida, no podía perder el tiempo con aquello ante mis ojos:
 Así llegamos hasta la Punta del Cuerno, una zona estrecha de tierra que entra al mar, sin llegar a ser un cabo. Desde allí quedan cerca varias pequeñas islas. La de más atrás es la isla de los Conejos (no he encontrado el nombre de la primera de la foto). Hay un sendero para entrar en la Punta y al final una especie de "banco". Una tabla que aprovechamos para  reírnos un poco tomando imágenes con Boomerang (eso se queda para nosotros, que el tonto le hacemos bien...):
 Vista de la Punta del Cuerno desde el otro lado, con mi marido tan pequeño:
 A esta otra parte, al amparo del saliente, hay una playa rocosa donde vimos a varios surfistas bajar para coger olas (aunque en la foto no se les ve, ahí hay varios surfistas bajo las olas, que encima estaban poco, muy poco). 
Sigue habiendo cerramientos de alambre, pero por aquí se puede pasar muy bien por el borde del acantilado:
No nos podíamos imaginar que al dar la vuelta nos íbamos a encontrar con esto, la bajada a otra playa (también se puede seguir por encima de la playa, por el borde de este acantilado tan especial), pero nosotros no podíamos dejar de bajar. Es diferente. Se trata de la playa de Los Caballos, de muy difícil acceso. Esta es la parte por donde se baja más fácil, pero está más lejos de Cuchía, la localidad más cercana:
 El final de esta bajada se hace saltando por encima de unas rocas muy lisas, muy desgastadas, dan sensación de desparrame, de haberse rendido ante tanto castigo climático:
 No pude dejar de dibujar este "emoji" en la playa, mi mejor manera de expresar mi sentimiento en ese momento, rodeada de arena, sol, olor a mar,...:
 Para subir pensábamos que teníamos que volver sobre nuestros pasos, no veíamos ninguna otra opción. Pero llegamos al otro extremo de la playa y ya vimos una subida como para monos, bueno, tenía barras de hierro encastrados para agarrarse y poder subir por un terreno vertical, resbaladizo,..., no os digo más. Pues por allí subimos, como los valientes (tampoco sería para tanto, que es por darle un poco de gracia al asunto. Si pudiera pintar un emoji, ahora pintaría uno limpiándose el sudor de la frente, no sé si me explico, jajaja).
Ya desde arriba, esto, con la isla de los Conejos al fondo:
 Seguimos la marcha y nos encontramos con esta otra playita al dar la vuelta al último saliente, un poco antes de llegar a la playa de Cuchia:
Esta playa, la de Cuchía (también la llaman Marzán) ya es cómoda, accesible, con un buen aparcamiento. Un poco más allá hay un muro a modo de espigón, para protegerla de la salida de la ría y de la fuerza del mar. En efecto, al otro lado de ese muro está la ría de San Martín de la Arena y Suances:
Por detrás de la playa, junto al aparcamiento, hay una zona de laguna. Para atravesarla han construido unas pasarelas de madera, que permiten el paso sin estropear la vegetación del humedal:
Y así, con una tarde a punto de caer, cruzamos a la parte de la ría, subimos hasta un montículo que permite la visión de la desembocadura y de las playas de Suances, continuamos atravesando una cantera que hace años fue explotada por la ya nombrada empresa química Solvay y que ahora se está regenerando de forma natural y con ayuda de la citada empresa y la administración, transformándose en un conjunto de sendas de paseo pero sobre todo se está recuperando como un importante ecosistema de gran valor natural. Y ya llegamos a la carretera que cruzamos, atajando por algunos caminos hasta regresar al coche, ya casi de noche. Nos tomamos un refrigerio y para casa.
En total, anduvimos unos 15 km. y disfrutamos de un maravilloso día de invierno. 
Y este es el mapa del recorrido, a modo de orientación:

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